Soy Feminista

Archivado en (articulos) escrito por dimelaplena el 05-11-2010

Nunca he declarado la guerra a los hombres; no declaro la guerra a nadie, cambio la vida: soy feminista. No soy ni amargada ni insatisfecha: me gusta el humor, la risa, pero sé también compartir los duelos de las miles de mujeres víctimas de violencia: soy feminista. Me gusta con locura la libertad más no el libertinaje: soy feminista. No soy pro-abortista, soy pro-opción porque conozco a las mujeres y creo en su enorme responsabilidad: soy feminista. No soy lesbiana, y si lo fuera ¿cuál sería el problema? Soy feminista. Sí, soy feminista porque no quiero morir indignada. Soy feminista y defenderé hasta donde puedo hacerlo a las mujeres, a su derecho a una vida libre de violencias. Soy feminista porque creo que hoy día el feminismo representa uno de los últimos humanismos en esta tierra desolada y porque he apostado a un mundo mixto hecho de hombres y mujeres que no tienen la misma manera de habitar el mundo, de interpretarlo y de actuar sobre él. Soy feminista porque me gusta provocar debates desde donde puedo hacerlo. Soy feminista para mover ideas y poner a circular conceptos; para reconstruir viejos discursos y narrativas, para desmontar mitos y estereotipos, derrumbar roles prescritos e imaginarios prestados. Soy feminista para defender también a los sujetos inesperados y su reconocimiento como sujetos de derecho, para gays, lesbianas y transgeneristas, para ancianos y ancianas, para niños y niñas, para indígenas y afrodescendientes y para todas las mujeres que no quieren parir un solo hijo más para la guerra.

 

Soy feminista y escribo para las mujeres que no tienen voces, para todas las mujeres, desde sus incontestables semejanzas y sus evidentes diferencias. Soy feminista porque el feminismo es un movimiento que me permite pensar también en nuestras hermanas afganas, ruandesas, croatas, iraníes, que me permite pensar en las niñas africanas cuyo clítoris ha sido extirpado, en todas las mujeres que son obligadas a cubrirse de velos, en todas las mujeres del mundo maltratadas, víctimas de abusos, violadas y en todas las que han pagado con su vida esta peste mundial llamada misoginia. Sí, soy feminista para que podamos oír otras voces, para aprender a escribir el guión humano desde la complejidad, la diversidad y la pluralidad. Soy feminista para mover la razón e impedir que se fosilice en un discurso estéril al amor.

 

Soy feminista para reconciliar razón y emoción y participar humildemente en la construcción de sujetos sentipensantes como los llama Eduardo Galeano. Soy feminista y defiendo una epistemología que acepte la complejidad, las ambigüedades, las incertidumbres y la sospecha. Sé hoy que no existe verdad única, Historia con H mayúscula, ni Sujeto universal. Existen verdades, relatos y contingencias; existen, al lado de la historia oficial tradicionalmente escrita por los hombres, historias no oficiales, historias de las vidas privadas, historias de vida que nos enseñan tanto sobre la otra cara del mundo, tal vez su cara más humana. En fin soy feminista tratando de atravesar críticamente una moral patriarcal de las exclusiones, de los exilios, de las orfandades y de las guerras, una moral que nos gobierna desde hace siglos. Trato de ser feminista en el contexto de una modernidad que cumple por fin sus promesas para todos y todas. Como dice Gilles Deleuze ‘siempre se escribe para dar vida, para liberarla cuando se encuentra prisionera, para trazar líneas de huida’. Sí, trato de trazar para las mujeres de este país líneas de huida que pasen por la utopía. Porque creo que un día existirá en el mundo entero un lugar para las mujeres, para sus palabras, sus voces, sus reivindicaciones, sus desequilibrios, sus desórdenes, sus afirmaciones en cuanto seres equivalentes políticamente a los hombres y diferentes existencialmente. Un día, no muy lejano, espero, dejaremos de atraer e inquietar a los hombres; dejaremos de escindirnos en madres o putas, en Marías o Evas, imágenes que alimentaron durante siglos los imaginarios patriarcales; habremos aprendido a realizar alianzas entre lo que representa María y lo que significa Eva. Habremos aprendido a ser mujeres, simplemente mujeres. Ni santas, ni brujas; ni putas, ni vírgenes; ni sumisas, ni histéricas, sino mujeres, resignificando ese concepto, llenándolo de múltiples contenidos capaces de reflejar novedosas prácticas de sí que nuestra revolución nos entregó; mujeres que no necesiten más ni amos, ni maridos, sino nuevos compañeros dispuestos a intentar reconciliarse con ellas desde el reconocimiento imprescindible de la soledad y la necesidad imperiosa del amor. Por esto repito tantas veces que ser mujer hoy es romper con los viejos modelos esperados para nosotras, es no reconocerse en lo ya pensado para nosotras, es extraviarse como lo expresaba tan bellamente esta feminista italiana Alessandra Bocchetti. Sí, no reconocerse en lo ya pensado para nosotras. Por esto soy una extraviada, soy feminista. Y lo soy con el derecho también a equivocarme.

 

Florence Thomas

Cofundadora del grupo Mujer y Sociedad

FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS

UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA

Marzo, 2008

La voz de la ambigüedad

Archivado en (articulos) escrito por dimelaplena el 05-11-2010

En las mejores óperas, los contratenores rivalizan con sus compañeras contraltos, y se disputan las mismas partituras. Capaces de alcanzar agudos “femeninos” con simultánea textura “masculina”, sus voces se sitúan en el peculiar registro fonético en el que los sexos se (con)funden. Excepcionalmente, en un mundo en que a los cuerpos de macho se les viste con el ropaje de “hombre” y se les enseña a hablar el lenguaje rígido de la masculinidad, los contratenores exploran la experiencia de la ambigüedad sexual, performática y musical, aunque sólo sea por el tiempo que dura un libreto.

Al salir de la ópera, regresan al mundo binario de los sexos diferenciados: cuerpos y voces que actúan y suenan de un modo u otro según su pertenencia, supuestamente inequívoca, a uno de dos sexos-géneros. A la cuenta, un libreto más. Pero la ópera es uno entre pocos escenarios occidentales clásicos en que la ambigüedad sexual no sólo no es castigada, sino que, incluso, ocupa el rango cultural de “la rara belleza”. Sin embargo, hay un hecho que es poco conocido: muchos contratenores son intersex.

 ”El orden social norma una correspondencia perfecta entre sexo, género y deseo”

 Específicamente, son XXY: una realidad genética que se expresa en un canon corporal adulto con ciertos rasgos masculinos, como pene y estatura de varón; otros femeninos, como caderas, senos y rostro imberbe; y otros sui generis, como un ritmo de envejecimiento (envidiablemente) más lento que el “normal”. A este conjunto de características, la medicina lo denomina “síndrome de Klinefelter”. Y a la “X” que “sobra” -y que causa el “síndrome”- se la denomina “aberración cromosómica”.

Lo curioso es que la llamada “aberración” es precisamente la que dota a l@s intersex de su prodigiosa voz.El orden social norma una correspondencia perfecta entre el sexo, el género y el deseo: macho-hombre-masculino-heterosexual se atrae y se aparea con hembra-mujer-femenina-heterosexual. El hetero-patriarcado se asienta sobre la base material de unos cuerpos supuestamente estáticos, nítidamente definidos, sobre los que se instalan las prácticas del control sexual como “naturales” y “normales”.

Entonces llegan estos cuerpos disidentes, no alineados, y anticipan aún otras posibilidades “trans” en el género y en el deseo. Su ambigüedad desestabiliza el orden binario, y, por lo tanto, es preciso patologizarla, para luego corregirla a punta de bisturí y hormona. A muchos XXY se les administra testosterona en la adolescencia a fin de evitar el desarrollo de características sexuales femeninas y acentuar las masculinas.

En el proceso, se provoca el agravamiento de la voz; sí, esa voz del principio de esta historia. Finalmente, más vale “normal” que “fenomenal”, por mucho que pierda la ópera. Sin embargo, son demasiadas las existencias que quedan en el incómodo (no) lugar de la ambigüedad sexual. Tarde o temprano, su potencial emancipatorio encuentra otra voz –esta vez política- que articula su rechazo a la normalización y afirma la existencia diversa y la travesía infinita de la identidad como opciones éticas de la experiencia humana. En la voz de la ambigüedad, hay una rara belleza.

Por: Elizabeth Vásquez.